Aire de otros "Tiempos"

Aires de Otros Tiempos

Capítulo 1. Ecos de mi mente

A Liliana, con cariño.

Tengo pocos recuerdos de mi infancia y mi tiempo de escuela. Mis años en la Eva no fueron felices. El miedo a la invasión y el trauma por lo que podía pasar era nuestro pan de cada día. Nos repetían una y otra vez cuán preparados estábamos para enfrentar y derrotar al «Enemigo» —ese Gigante del Norte que hoy, viviendo dentro de él, veo que es un noble imperio.

Pocas cosas rememoro, pero llevo en mí cosas que marcaron mi vida. Algunas permanecen incluso hasta hoy. Me dio por pensar que lo podía todo: desde volar hasta controlar la materia. Aún sueño que será posible algún día. No sé si lo veré, pero sí hice cosas concretas para probar mi «Súper Poder». Apretaba cactus con mis manos desnudas para demostrar que no me hincaban y que no sentía dolor. Increíblemente, era verdad. Creo que si lo hiciera ahora, con la conciencia de un adulto, no solo me dolería, sino que acabaría con espinas incrustadas en mi piel. La ignorancia y la fe son dos fuerzas poderosas, solo superadas por el amor.

La idea de ser un genio vivía en mi cabeza. Realmente lo creía y actuaba como tal. No percibía lo raro que eso me hacía lucir, ni lo diferente que luego resultaría ser. Miraba por encima del hombro a casi todos, excepto a los pocos que brillaban por sí mismos; a esos los respetaba, incluso a veces los consideraba «iguales». Me llamaban «Autosuficiente». ¿Por qué habrá sido? Me pregunto… Por supuesto, ahora lo sé. Pero alguien muy cercano a mi me dijo una vez: «Autosuficiente» significa que eres «Suficiente». Eso me ayudó a sentirme menos roto. No entendía —y nadie más podía entender— que la autosuficiencia y el autismo están tan profundamente entrelazados.

Pasé mucho trabajo para mirar a las personas a los ojos. Sentía que las miradas me taladraban, hurgando en lo más profundo de mi alma. No lo soportaba. Pero como era un niño «superpoderoso» en mi mente infantil, me entrené duramente, sin que nadie lo supiera, a mirar al centro del rostro —en un punto intermedio entre las cejas. Así, nadie sabría exactamente dónde estaba mirando y pasaba desapercibido. Todo esto estuvo bien hasta que, en quinto grado, crucé mi mirada con la tuya. Ahí, algo cambió.

Aprendí que una mirada podía retorcerte el estómago hasta el caos. Sentí la necesidad de verte, aunque no habláramos. Sentía que cada interacción contigo marcaría el resto de mi vida. No sabía que era posible sentir algo tan extraño y poderoso por alguien más. Y siendo honestos: no supe lo que era el amor de familia hasta que crecí y entendí el amor por mí mismo. El Amor es la palabra más profunda y misteriosa del Universo. Lo que se siente —lo que sentía y lo que siento— es algo que las palabras no pueden expresar. Amor y Dolor: dos sentimientos antagónicos y, a la vez, tan unidos.

Pasaron los años y te besé, varias veces. Recuerdo especialmente que nuestros dientes chocaban y me sentía torpe, pero hubiera perdido los dientes con gusto por ese momento. Eran besos con ansia, con deseos desconocidos y una inmensa curiosidad. No tuve idea de lo que era hasta que las hormonas me volvieron loco en la adolescencia. Todo ese tiempo compartí mis labios con otras niñas, pero siempre te buscaba cuando te ibas. Siempre traté de coincidir contigo a la salida. Miraba cómo te alejabas y, a veces, lloraba. No sabía por qué. Recuerdo que un día te dije: «Estoy enamorado de ti», y tus palabras atravesaron mi alma y ocuparon un lugar en mi memoria para siempre: «Tú no estás enamorado, lo que sientes es afinidad». Esa palabra me desconcertó; no sabía lo que significaba. Sentí que me decías que no me querías, o que más nunca te vería. Te vi alejarte. Después de ser rechazado, recuerdo el dolor. Lloré con el corazón, incluso más que con los ojos.

No recuerdo el último día que te vi. Solo sé que también tuviste otros «amores». Siempre te seguí el rastro hasta que un día alguien me dijo: «Se fue». Y por muchos años, no supe qué sentir. Sabía que algo no había cerrado bien. No se suponía que acabara así. Te tuve en mi mente cada año de mi vida, como una gaveta secreta que yo mismo no sabía que existía. Amé a otras mujeres; me enamoré, me rompieron el corazón. Sufrí varias veces. También tuve momentos de felicidad. Pero no importa cuánto amor sintiera o no, de vez en cuando, soñaba contigo. Sueños muy inocentes. Nada raro o morboso. Solo pensamientos inocentes donde siempre te veía en tercera persona, casi siempre acompañada por algún personaje imaginario.

Te imaginaba feliz, creciendo, muy blanca y bonita. Pero no sabía qué pasaba en tu vida. Un día, recibí correspondencia del extranjero. En aquel entonces, el «extranjero» era para mí lo mismo que Marte. Y era tuya. Me dio mucha ilusión. Pensé: «Aún me recuerda». Me dije que tenía que escribirte de vuelta. No sé cuántas veces empecé esa carta en mi cabeza; nunca la terminé y nunca la envié. Pensaba que sería bonito, pero no sabía cómo hacerlo mejor. Así que nunca pasó.

Pasaron los años. Fui feliz. Amé y sufrí intensamente. Traté de hacer lo mejor que pude con mis rarezas y mis relaciones interpersonales. Aprendí a no mostrar mi mente, excepto lo que era conveniente. Aprendí a amar, a sentirme amado. El camino no fue fácil, pero fui feliz por temporadas, que juntas hicieron tiempos, y más tiempos. Tuve hijos —ese es otro tipo de amor que crece día a día. Y luego, me volvieron a romper el corazón.

Desempolvando mi mente en un sueño casual, volvieron esos sueños repetitivos de mi infancia y adolescencia. Empezaste a aparecer en ellos con más y más frecuencia. El destino nos puso en contacto. Fue hermoso poder hablar de lo que sentí y de lo que nos sucedió como niños, y ver que, a pesar de los años, ambos tenemos un lugar especial en la historia del otro. Como un recuerdo... no de «afinidad».

La vida es un suspiro. Inhalas, el aire te llena como un abrazo, pero luego lo pierdes —el abrazo, el oxígeno y, con ellos, la vida— en cada soplo. Con cada respiración con la que somos bendecidos en esta vida, un poco más de ella se nos escapa; junto con el tiempo que pasamos tratando de resolver nuestros traumas, nuestros recuerdos y nuestro presente.

La vida es solo eso: un «Suspiro». Y deberíamos poder escoger, al menos, el aire que entra a nuestros pulmones.


 




Comments

Popular posts from this blog

" Autista ,Autismo,Adulto"

"Dos Fotos"

Oración.